lunes, 27 de octubre de 2008

viento inconstante

CARLOS MARTINEZ RIVAS, UN POETA SIEMPRE JOVEN

CARLOS MARTINEZ RIVAS, UN POETA SIEMPRE JOVEN
Por Roberto Aguilar Leal

Carlos Martínez Rivas (1924-1998) inició su labor poética en el contexto de la segunda posguerra y fue testigo de un mundo desgarrado, cuyos valores yacían en el suelo tras dos brutales guerras de dimensiones apocalípticas. El contexto nacional tampoco ayudaba mucho, pues la descomposición social y moral del país crecía paralela a la consolidación del régimen dictatorial del primer Somoza. De ahí su permanente disgusto con respecto a una realidad cimentada en una falsa moral. Esta disonancia entre poeta y mundo será la nota característica de su obra más importante.
El carácter contestatario de su poesía es constantemente reafirmado por el poeta en sus apreciaciones críticas sobre otros autores o sobre sí mismo, así como en su propia obra. Refiriéndose a Azarías H. Pallais (1884-1954) (en BNBD Nº 44-45), a quien califica como un moralista y un rebelde, hace una distinción entre la literatura antigua o clásica y la literatura moderna. La primera es definida por él como “literatura del consentimiento: la aceptación del mundo y de la vida como un todo armónico”; la segunda, en contraste, será una “literatura del disentimiento”. En este segundo grupo ubicará a Pallais y, por consiguiente, él mismo, porque definiéndolo a él se define a sí mismo.
Cuando afirma que el disentimiento de aquel es solitario y “carece de compañía”, como el de Rimbaud contra la Iglesia, el de Blake contra la Industria o el de Heine contra la Banca, inevitablemente pensamos en su propio disentimiento, en su insurrección solitaria. Esta rebeldía solitaria –afirma- se diferencia de la de un Neruda, por ejemplo, que se apoya en “la solidaridad de un partido, y revolotea cómodamente en el espacio seguro que le ofrece un credo político”. Pallais, como él (agregamos nosotros), se mantendrá apartado y solo, porque “coincidir es un mal síntoma cuando se coincide con algo que está en descomposición”.
En la inevitable comparación con Ernesto Cardenal, su antípoda literario, contestó cierta vez en una larga entrevista a Steven White (Ventana, 19/8/89), que la diferencia de su poesía y la de aquel
Es la diferencia que existe entre una poesía que no sólo se sacrifica a la política, sino que toma partido de la política y otra poesía que no toma partido de la política ni se sacrifica a la política. Sino que con un sentido absolutamente tradicional de Francois Villon y Robert Burns, mis dos maestros, consiste en que yo sencillamente lo que declaro es mi individualidad: lo que me preocupa, lo que me gusta, lo que me asusta, lo que me disgusta.
De ahí que La insurrección solitaria (1953) haya sido concebida por él como una insurrección cultural y no como una insurrección política. Porque –afirma rotundamente- “Yo no tengo ideas, ni ideales, ni ideología. Yo sólo tengo pensamientos. Pensamientos que se marchitan como las flores”. (El subrayado es nuestro)
Hay, pues, una voluntad de aislamiento, de mantenerse apartado de aquello que carcome y contamina el espíritu; pero no en actitud evasiva, sino más bien de vigilia permanente, “agujereando el presente” con el ácido corrosivo de su crítica. Hacer poesía equivaldrá a enfrentarse cotidianamente contra una sociedad y una opinión pública enajenadas y trivializadas o, en sus palabras, contra aquellos que “desde muy niños son/ entrenados con gran maestría para el ejercicio de la Nada” (Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos).
Uno de sus poemas más emblemáticos en la expresión de este radical disentimiento es Memoria para el año Viento Inconstante. En él contrapone “la pululante línea de la imperfección y el anonimato” de un presente que insurge desventajosamente entre lo canonizado y lo amoldado, entre lo domesticado y lo acorderado, al ideal egoísta de la “Obra Maestra”. “De mí no la tendréis”, afirma provocativamente, porque el culto al pasado o a la tradición que cierra los ojos y los oídos a lo nuevo equivale a un estancamiento nocivo para la salud del arte. No se trata, por supuesto, de negar a los clásicos, sino de ridiculizar y retar al público fosilizado que se aferra a ellos y en ellos se escuda para negar lo nuevo. Sus discotecas, donde sólo suenan los grandes maestros, sobre todo últimamente Bach, son descritas como “sagrados depósitos de música estancada”, que satisfacen necesidades casi fisiológicas, y sus Museos de Bellas artes, “cuya puerta giratoria y afelpada” se traba, son visitados por ellos más por figuración social que por necesidad espiritual o estética.
Contra ese deseo rabioso de tener “un pasado… que oponer al maldito presente”, insurgirá “el difuso/ terco mundillo del amanecer”. Mundillo, en diminutivo despectivo, para acentuar su insignificancia en comparación con la rotundidad de las obras maestras atesoradas por la tradición.
Lo nuevo (o, lo que viene a ser lo mismo, lo joven) es lo que carece de forma acabada porque está en proceso de formación, y peor aún, corre el riesgo de echarse a perder. Este concepto de lo nuevo será definido por el poeta como “la pululante línea de la imperfección y el anonimato”, informe y dudosa como “renacuajos moviéndose sin dignidad”.
Eso nuevo es lo que debe defender la poesía con temeridad suicida, porque sus atributos principales son la fragilidad y la propensión a echarse a perder o desaparecer sin remedio. Frente a la tiranía de la obra maestra idolatrada por los esclavos de la tradición y del pasado, hay que defender “los recién capullos, los brotes del presente/ que asómanse predicando lo que todavía no es cierto”. Todo aquello que arremeta contra esa tradición tendrá, pues, en el poeta, un “alerta centinela”, un “celoso polizonte”. Tal es, en términos generales, la exposición de principios en la que se fundamenta este poema:
Aceptaremos sin entender cualquier discordancia:
el más aprendiz de los palmoteos
el más inventado de los borbollones.

Este disentimiento del poeta con el mundo hediondo y las tradiciones en que se atrinchera para oponer resistencia a lo nuevo, será el leit motiv de La insurrección solitaria y la casi totalidad de la obra carlosmartineana: “esperamos el día de mañana/ para contradecir al de hoy” (Pentecostés en el extranjero); “Difícil es y duro el luchar contra el Olimpo/ acuoso de las ranas” (Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos); “Oponles tu presente de poderosa caducidad” (Petición de mano); “Porque de lo seguro salimos a reposar en lo inseguro” (Memoria para el año Viento Inconstante)…etcétera.
Por eso, aunque su edad terrenal al momento de su muerte era de setenta y tres años y pico, su edad espiritual fue siempre la de un eterno joven, como la de los poetas jóvenes (Villon, Rimbaud, García Lorca, Pasos…) que tanto admiró. Como la de ellos, “que desde el fondo de la noche se llaman y responden”, su voz también se enciende en la noche.